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Saturday, 04 de February de 2012
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Las ferias de Albacete: siete siglos de historia [Cuadernos Albacetenses 12].
Reseña del Autor (Aurelio Pretel Marín).
IEA

Aunque no hay fecha exacta en que pueda datarse su comienzo, las ferias de Albacete se remontan a unos siete siglos. Tal vez puedan venir de 1305, cuando se oyen protestas en las Cortes contra ciertos señores de Castilla que establecen mercados en lugares donde nunca existieron, en perjuicio del rey y de las villas. Todo indica que apuntan hacia don Juan Manuel, que ese año incorpora la tierra de Alarcón a su gran señorío de Villena y Chinchilla –lo que deja a Albacete en posición central- y estaba aprovechando sus buenas relaciones con el rey de Aragón y el enorme poder que alcanzaba en Castilla para crear un estado señorial casi independiente, con sus propias aduanas e incluso su moneda, sin respeto al monarca ni a las leyes del reino.

Desde luego, sabemos que en 1308 ya existía una feria en Villena, y en los años siguiente don Juan Manuel se esfuerza en atraer mercaderes del reino de Valencia, a pesar de las órdenes reales. Pocos años después ya sabemos que había ferias en Albacete, aunque, al ser arrasada esta aldea por los moros hacia 1324, el 21 de marzo de 1325 el señor decidió "mudar las ferias que se solian fazer cada anyo en Albaçet a Xinxiella, que se fagan hi cada anyo, en aquellos tienpos que se solian fazer, fasta que se pueble Alvaçet, e que todos los que vinieren a estas ferias que ayan aquellas franquezas e libertades que avian quando se fazian en Alvaçet…"

En los años siguientes también veremos ferias en Almansa, Chinchilla y El Castillo (el de Garcimuñoz, otra villa mimada del señor de Villena, donde en el siglo XV hay dos ferias al año, de quince días en mayo y otros quince en septiembre, como las de Albacete). Y sabemos que vuelven a Albacete, donde hay compraventas de ganado importantes, aun antes de que ésta consiga su villazgo. Por lo tanto, es probable que todas ellas sean creación del almojarifazgo señorial para favorecer el desarrollo de la ganadería –de cuya selección se preocupa también, con vistas a crear una industria textil- y el comercio local, e incrementar al tiempo las rentas de don Juan (incluida la del juego en la "tafurería", que estaba prohibido en el resto del año), en claro detrimento de las municipales de Chinchilla y de las del monarca. Es decir, que serían ilegales, como la mayoría de las cosas que hizo el gran repoblador de todos estos pueblos, enfrentado a los reyes de Castilla; pero probablemente la libertad que da esa ilegalidad sea la verdadera razón de su fortuna.

 

LAS FERIAS MEDIEVALES: NEGOCIO Y DIVERSIÓN

Cuando Albacete logra por fin su independencia, en noviembre de 1375, Chinchilla intentará retirarle la Feria: en el año siguiente escribe a Murcia y a otras poblaciones: "porque las dichas ferias son nuestras por preuillejos que dellas avemos, estableçemos e ordenamos las dichas ferias aquí en esta dicha villa de Chinchiella, en aquellos mismos tienpos que las soliamos fazer en el dicho lugar Aluaçete…"

Albacete y Chinchilla compartieron las ferias –quince días en mayo y otros quince en septiembre- durante algunos años. En el ordenamiento del marqués (1380) se habla de las de Almansa, Villena y de Chinchilla, no de las de Albacete, pero se especifica que en ésta: "se ha de husar […] segund que esta hordenado commo se ha de pagar dellos en Chinchilla e su termino, asy de portadgo e erbaje o montadgo e almoxarifadgo, alquilate e gineta e feryas, commo las otras cosas". En ellas eran francas todas las transacciones, incluidas las ventas de ganados (que sólo pagarían derecho de gineta), aunque las mercancías pagarían el peso del concejo, y las tiendas de nueces, aceitunas, avellanas y almendras un celemín por carga. Y al calor de este tráfago, que también alimenta el juego de dinero y la prostitución, pudieron florecer durante el siglo XV, momento en que ya existe la "Calle de la Feria", tres o cuatro mesones y ocho o diez talleres de herradores y herreros, algunos de los cuales pueden ser cuchilleros, aunque esto no se indica.

A finales del XV, pese a las restricciones de los Reyes Católicos, no sólo se mantienen las ferias y la calle a la que dan su nombre. Se consolidará el mercado del jueves, que Isabel hace franco a raíz de la guerra civil (1476); un mercado que pudo oscurecer la Feria, pero seguramente no acabará con ella: a lo largo del siglo XVI hay varias referencias a la Calle y la Puerta de La Feria.

 

LA FERIA "FRANCISCANA"

Quizá desde mediados del siglo XVI la feria comenzó a perderse y mezclarse con las festividades patronales de algunos monasterios (como San Agustín o San Francisco), o con las "procesiones" que en el siglo anterior ya se hacían a ermitas como la de San Pedro y Virgen de los Llanos. Y aunque sigue existiendo la Puerta de la Feria, en la Calle de Santa Catalina, la crisis que la villa –igual que toda España- atraviesa en el siglo XVII, pudo acabar con ella, como ocurre con otras más famosas.

De entonces adelante solamente podemos hablar de romerías que van a traer la Virgen de los Llanos, sobre todo en la antigua fiesta y "caridad" del día 6 de mayo. El 21 de mayo de 1618 el concejo decía que "sería muy justo que esta villa reconozca la merced que le ha hecho en enviar agua, y se diga una misa cantada con toda solemnidad". Desde los años veinte la proclama Patrona, y a raíz del "milagro" del famoso espadero Blas Martínez, encabeza el festejo y ordena que: "se de caridad de pan y vino y queso en su santa casa, y se echen luminarias y se hagan las demás alegrías que se acostumbran". Las dos fiestas se unen, pero San Juan se va quedando relegado, y más desde que va ganando prioridad la mariana del 8 de Septiembre, más contrarreformista.

Como en otros santuarios, no tardará en surgir un convento de frailes franciscanos, al que el concejo cede la ermita y sus anexos (1672), y el enriquecimiento de la comunidad, que posee rebaños, pudo resucitar la feria ganadera, entre el 7 y el 9 de septiembre, para la que los frailes solicitan –sin éxito- franqueza al rey Carlos II.

Será Felipe V, y a instancias del concejo, quien confirme la feria y la haga franca con fecha 8 de marzo de 1710. Con este privilegio, Albacete recobra el derecho a su feria, que se "desamortiza" y regresa a la villa.

LAS FERIAS ILUSTRADAS DEL SIGLO DE LAS LUCES

Los manejos frailunos y la tradicional visita a la Patrona del 8 de septiembre, hicieron que la Feria continuara en Los Llanos, por lo menos en parte (en realidad, sería la feria "dividida" de que habla Sabater), a pesar de la falta de agua y de comodidades que ofrecía el paraje. Hasta conseguirán que un real privilegio mande que "en ningún tiempo se mudase dentro de la villa de Albacete la Feria que todos los años se celebraba en Los Llanos". Pero poco después el gobierno ilustrado, e incluso el propio obispo y el Padre General de la orden Franciscana, acaban respaldando a las autoridades de Albacete, que consiguen sentencia favorable en 1783 y trasladan la feria a "las eras y ejidos de Santa Catalina", un terreno de propios, bien dotado de agua por su proximidad al cauce de la acequia y entre los caminos del Puente de Acequión y de La Alcantarilla, "donde se logra por su espaciosidad el tener a la vista de los concurrentes toda especie de ganados y de caballerías".

Allí se construirá el actual edificio, de tapial que marcaría un hito no solamente ya en nuestra arquitectura regional, sino en toda la Historia del Arte nacional, como ha señalado Luis G. García-Saúco. Un edificio nuevo, "vernáculo e impar en su género", como dice Bonet en un precioso artículo, ejemplo de las nuevas ideas fisiocráticas y utilitaristas. Y al tiempo, un elemento de especial trascendencia para el desarrollo urbanístico no sólo de la feria, sino de la ciudad, como han señalado Daniel Sánchez Ortega y Elia Gutiérrez Mozo. Pero, además, la Feria promueve la llegada de muchos visitantes y al tiempo desarrolla unas actividades de tipo pre-industrial a las que servirá de escaparate. Gómez Carrasco apunta la inusual importancia (25%) de los trabajadores del metal (cuchilleros, herreros, caldereros) en la industria local, lo que a nuestro entender bien pudiera deberse a las ventas que se hacen durante aquellos días.

 

LAS FERIAS LIBERALES Y BURGUESAS DEL SIGLO XIX

Tras los años de guerras y epidemias de comienzos del siglo XIX, la feria resurgió. La de 1831 concentrará en "la Cuerda" 21.600 cabezas de mular, 5.363 caballos, 17.000 asnos y unas 12.000 vacas, lo que viene a situarla a la cabeza de las más importantes del país. Desde 1834 durará ya 8 días; pero la actividad industrial y "burguesa" todavía brillaba por su ausencia. En septiembre de 1844 la Gaceta se hace eco del contraste entre aquel "laberinto de lujo, fiesta y aturdimiento", que era Albacete en feria, y el árido paisaje en que se convertía al pasar estas fiestas.

Pero el ferrocarril, los toros y la fiesta harían de Albacete un buen punto de escala comercial en la ruta de Madrid a Levante. Titulada ciudad desde 1862, comienza a sorprender: en noviembre de 1866 una curiosa crónica de El Museo Universal hablaba del "Paseo de la Feria" y de sus diversiones asociadas: las corridas, teatros, cosmoramas... Y pronto empezarán también los recitales y los juegos florales, en que la burguesía puede satisfacer nuevas necesidades. En 1876 el alcalde Conangla se refiere a las obras que se han realizado en el viejo edificio con el fin de dotarlo de "cuantas condiciones de comodidad y recreo merece la numerosísima concurrencia que favorece siempre con tal motivo a la Ciudad de Albacete", al tiempo que se anuncian teatro, toros, carreras de caballos…, además de la feria de ganados, para las que se cuenta con trenes especiales.

Son los tiempos del hierro y el vapor, de las Exposiciones de Londres y París; y Albacete, a su escala, pretenderá imitarlas: para conmemorar el Primer Centenario de su inauguración (1883), se embellece el Ferial y se abre en el Paseo de La Cuba "una interesantísima Exposición Provincial de Arte, Industria y Agricultura, que alcanzó muy lisonjero éxito". Sabater y Pujals nos habla del gentío que inundaba la ciudad, de las tiendas de aperos de labranza, objetos metalúrgicos, tejidos, atracciones, enanos y gigantes, ratas sabias, fenómenos, tahúres, polichinelas, ruido... Y decenas de miles de animales, cerca del campamento de carros, tenderetes y típicas garitas. Es decir, una Feria bastante parecida a la que conocimos hasta hace medio siglo.

 

 

LAS FERIAS QUE VIVIERON NUESTROS PADRES Y ABUELOS.

Llegado el siglo XX, Albacete y su Feria toman vuelo. Ésta se moderniza, reforma su edificio (ahí está el templete modernista de Rubio), y se ve realzada por las actividades culturales del nuevo Ateneo y los Juegos Florales. Desde 1933, con la declaración de Utilidad Comercial Nacional por la República, y a pesar de la crisis que ya llegaba a España, la Feria parecía llamada a un nuevo impulso y a diversificar su campo de actuación; pero llegó la Guerra, tragedia nacional, y la Feria dejó de celebrarse, al menos como tal, pues la tragedia fue superior a la fiesta.

Desde 1940, cuya feria se inicia con una gran función de homenaje a la Virgen de Los Llanos, un casi preceptivo homenaje al Ejército y una exposición de artesanía de la nueva CNS, se reanuda la fiesta; incluso se autoriza una Feria de Muestras Regional, "sin que en ella puedan exhibirse más productos que los de la demarcación respetiva"; es decir, una feria dirigida no a vender y comprar, sino sólo a mostrar productos regionales, como si fueran muestras del folclore local. Pero en aquellos tiempos de "pertinaz sequía" racionamiento y hambre, patente en esas listas de albacetenses ricos que salen en la prensa dando sus donativos para que otros puedan comer en esos días, las fiestas fueron tristes para la mayoría. Aunque las compraventas de ganado volvieran a tener la presencia de siempre, el alcalde Quijada promoviera en el 44 una nueva reforma que añadió al edificio un tercer redondel, y las buenas familias disfrutaran de sus bailes de gala y justas literarias, son las ferias oscuras, frugales a la fuerza, del Látigo, la Noria, el Teatro Chino, el Circo, caballitos, columpios, caracoles y vino para los que podían costearse un capricho, y para casi todos gastar mucha alpargata y pensarse dos veces que feriar a los críos; las ferias de la Cuerda, las de los "paleticos" que veían disparados al Alto de la Villa, como bien escribió Rodrigo Rubio, y la "feria ignorada del niño pobre sin feria, / la feria de la miseria que nunca ha sido cantada", que en 52 todavía glosaba Antonio Andújar.

LAS FERIAS QUE VIVIMOS…Y LAS QUE NOS ESPERAN

Con el desarrollismo de los años sesenta, la maquinaria vino a acabar con la Cuerda, tras unos pocos años de buena convivencia, aunque también las máquinas desaparecerían, víctimas de una feria crecientemente lúdica. Otra gran ocasión, que acabó malográndose, para haber convertido la feria de Albacete en una exposición tecnológico-agrícola y pecuaria de alcance nacional (aunque las de la industria cuchillera, la Feria Agro-Industrial y Expovicamán intentarán muy pronto remediar esa falta).

De entonces adelante la terciarización de nuestra economía vendrá a animar también el sector secundario, y como consecuencia mejorará el consumo, empujando a los bares, restaurantes y hoteles, y haciendo que la Feria ganara en brillantez y participación lo que había perdido de mercado anual, como ya señalaba Panadero. Desde el 69, con la prolongación de la feria taurina y la declaración de Interés Turístico, multiplica, si cabe, su presencia social, su esencia lúdica y su capacidad de atracción sobre un territorio cada vez más extenso, y aunque sufre la crisis de los años setenta, ya nunca dejará de crecer hasta hoy.

Las de la Transición fueron ferias alegres y multitudinarias, quizá un poco más sobrias y menos consumistas que las de nuestros días; pero casi conscientes de que se reinventaban y se reunificaban las diferentes ferias, y se hacían un poco más de todos. Con la facilidad de comunicaciones y el aumento de renta disponible de los años ochenta en adelante, la Feria adquirirá definitivamente sus rasgos actuales: asistencia masiva, democratización (a veces excesiva), predominio absoluto del consumo, relegación al último circulo del ferial de las escasas muestras de comercio formal tradicional de guarnicionería, aperos y juguetes, y crecimiento en torno de atracciones que ya desbordan el Paseo, tascas y comedores, y casetas a estilo sevillano, que han sustituido a las viejas garitas, mucho más populares, que cantaban Mateos y Gotor.

Hoy en día, con una población que se ha triplicado en medio siglo, y que aún se duplica o triplica cada año en septiembre, a la feria le crujen las costuras, como ha sucedido en otras ocasiones. Y ahora, al ser declarada de Interés Turístico Internacional, urge replantearse su futuro a medio y largo plazo, como sin duda hicieron nuestros antepasados en el siglo XVIII. Puede ser la ocasión no ya para la Feria, que está consolidada, sino para Albacete, que debe proyectarla pensando en el futuro; sin olvidar su esencia comercial y pragmática y sin perder de vista la base de partida. Una base que bien podrían envidiar numerosas ciudades europeas, donde puede haber ferias más antiguas o más acreditadas desde el punto de vista mercantil; pero no abundan tanto las que se han vinculado de forma tan estrecha al desarrollo histórico y a la propia esencia de la localidad durante siete siglos.

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