Tras las lluvias de otoño, ocultos bajo la pinocha, los guÃscanos aguardan. Al crecer, cobijados al abrigo de un romero, levantan un bultillo, la señal que muestra su presencia. Cuidadosamente, la mano hábil aparta las hojas, descubriendo el pequeño tesoro escondido. Con esmero, la navaja albaceteña corta el pie, llevando a la vieja cesta de pleita el puñado de guÃscanos que acabará en los sabrosos gazpachos o en un ajoharina. Una historia repetida mil veces, mostrando nuestro vÃnculo ancestral con la naturaleza y sus frutos, de los que los hongos son sólo una parte más.
|